
Luis Carlos Almeida (Santa Cruz de Tenerife) | Airam Alonso sobre su enfermedad: «Ponerle nombre a lo que te pasa es un descanso». Airam Alonso es paciente de una enfermedad autoinmune rara, el síndrome de Behçet. A raíz de ese diagnóstico desarrolló también un linfoma no Hodgkin, que, según le explicaron, podría estar relacionado con la medicación que recibió para tratar la patología autoinmune. Su vida, marcada desde siempre por el deporte, dio un giro radical, pero no se detuvo. Hoy, el atletismo es su refugio, su terapia y su altavoz.
Vinculado durante años al baloncesto, trabajaba en la logística del CB Canarias cuando comenzaron los primeros síntomas. Actualmente se encuentra de baja, con una incapacidad permanente total concedida por el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS), revisable en dos años. Su situación laboral sigue siendo incierta, mientras intenta adaptarse a sus limitaciones físicas: dolor articular, fatiga crónica y las secuelas derivadas tanto de la enfermedad como de los tratamientos.
Los primeros avisos llegaron durante la Final Four en la que el CB Canarias se disputaba el título de la Basketball Champions League (BCL). En medio del volumen de trabajo, apenas fue consciente de que algo no iba bien. «Recuerdo estar en el último cuarto con unos dolores musculares tan intensos que sentía como si me clavaran agujas», relata. Aun así, continuó trabajando. Tras la final, durante la comida de celebración, tuvo que retirarse: no podía más.
Al día siguiente, su madre acudió a su casa al no tener noticias suyas. «Le abrí la puerta prácticamente a cuatro patas», recuerda. Fue ella quien lo llevó a un hospital privado, donde permaneció una semana ingresado con fiebre muy alta y episodios de delirio. En un primer momento le diagnosticaron una hepatitis vírica, pero los síntomas persistieron.

Comenzó entonces un largo peregrinaje médico. Le realizaron la prueba de patergia —un test cutáneo característico en el diagnóstico del síndrome de Behçet— y dio positivo. Sin embargo, el diagnóstico definitivo tardó dos años en llegar. «Estas patologías se parecen mucho entre sí. Hasta que no aparecieron las úlceras genitales, que se sumaron a las orales, no se confirmó», explica.
Lejos de suponer un golpe devastador, el diagnóstico trajo alivio. «Después de dos años de incertidumbre, de que incluso te sugieran que puede ser algo psicológico, ponerle nombre a lo que te pasa es un descanso», afirma. Sabía que era una enfermedad crónica, con brotes y evolución imprevisible, pero al menos podía empezar a tratarla con pautas específicas.
Cambio radical con la llegada del linfoma no Hodgkin
La llegada del linfoma no Hodgkin marcó un antes y un después. «Ahí hay un cambio radical en todo mi yo», reconoce. Sin embargo, no se hundió. Asumió que debía priorizarse y modificar su forma de vivir. Si con la primera enfermedad intentó seguir siendo el de antes, forzándose más allá de sus límites, la segunda le obligó a poner los pies en la tierra.
Fue entonces cuando el deporte cobró una nueva dimensión. Ya practicaba atletismo desde la pandemia, pero ahora se convirtió en una herramienta terapéutica. Con el apoyo de profesionales —psicólogos, nutricionistas y especialistas— adaptó su entrenamiento y su alimentación. El ejercicio le ayuda a mantener la masa muscular, a reducir el dolor articular y a mejorar su estado anímico. “Cuando haces deporte liberas endorfinas y afrontas el día con otra actitud”, señala.
No todos los días son iguales. Hay jornadas en las que el dolor le impide incluso cargar una bolsa de la compra durante más de 20 metros. En esos casos, aprende a regularse: baja la intensidad, descansa cuando el cuerpo lo exige y acepta que hay momentos en los que debe detenerse. «Vivir con esto es regular constantemente la energía», resume.

A finales del año pasado llevó esa filosofía al extremo en la Backyard Ultra, una prueba de ultrarresistencia celebrada en Gran Canaria. El formato consistía en completar una vuelta de 6,7 kilómetros cada hora; si el corredor no lograba terminarla en menos de 60 minutos, quedaba eliminado. Alonso completó 17 vueltas consecutivas —17 horas corriendo— en uno de los circuitos considerados más duros por su desnivel y exigencia técnica.
El reto tenía un objetivo claro: colaborar con la Asociación Española de la enfermedad de Behçet y dar visibilidad a quienes conviven con dolencias raras o con las secuelas de un cáncer. “Quería que la gente entendiera que el dolor, la fatiga extrema y el agotamiento psicológico que sientes en una ultra es, en parte, lo que vivimos muchos pacientes cada día”, explica.
Pingüirunner
La experiencia superó sus expectativas. Tras la carrera, varias personas de Gran Canaria se acercaron para pedir orientación. De esa necesidad nació Pingüirunner, un proyecto con el que aspira a crear una red de apoyo para pacientes, facilitar el acceso a profesionales especializados y visibilizar enfermedades poco conocidas a través de eventos y retos deportivos.
«Dar con los profesionales adecuados es complicado. No es lo mismo un psicólogo generalista que uno especializado en enfermedades raras, ni un fisioterapeuta sin experiencia en patologías crónicas», subraya. Su objetivo es acortar ese camino a otros pacientes y ofrecerles referencias y acompañamiento.
El mensaje que transmite a quienes reciben un diagnóstico similar es claro: atravesar el duelo es inevitable, pero no se puede vivir permanentemente en él. «Te va a cambiar la vida a nivel laboral y personal, pero tienes que aprender a convivir con ello de la mejor manera posible», sostiene. Defiende la importancia de mantener hábitos saludables, apoyarse en profesionales y cultivar una actitud positiva, sin caer en imprudencias.

«No invito a nadie a hacer las locuras que hago yo», matiza. Sabe que correr largas distancias no es la solución universal, y que cada cuerpo tiene sus límites. En su caso, la actividad prolongada reduce el dolor articular más que las pruebas cortas y explosivas. Pero insiste: lo admirable no es la distancia recorrida, sino la capacidad de adaptarse.
Airam Alonso corre para visibilizar, para acompañar y, sobre todo, para recordarse a sí mismo que, incluso con dolor crónico, es posible avanzar. Si algo destaca en su relato es el papel fundamental que ha desempeñado su entorno más cercano. «He pasado épocas bastante complicadas», reconoce. Sin embargo, en el último año y medio su red de apoyo se ha consolidado. Sus padres, su pareja —a quien define como “clave” en este proceso— y sus amigos han sido un pilar esencial. “Ella me ayuda, me apoya y también sabe frenarme cuando hace falta”, explica.
Al mismo tiempo, admite que no todo el mundo permaneció a su lado. «Está la otra cara de la moneda: personas que creías que estaban y no fue así». Aun así, prefiere quedarse con lo positivo. Se considera un privilegiado por contar con quienes hoy lo acompañan, tanto en su vida personal como en los proyectos solidarios que impulsa.
7 días. 7 municipios. 232 kilómetros por los niños con enfermedades reumáticas
Tras completar 17 vueltas —más de 113 kilómetros— en la Backyard Ultra, Alonso ha decidido redoblar la apuesta. Su nuevo reto multiplica la distancia: 232 kilómetros en siete días, recorriendo siete municipios de la isla de Tenerife. Esta vez, el formato cambia. No se trata de una prueba de resistencia continua, sino de etapas diarias de algo más de 30 kilómetros, completando el círculo insular por la carretera general.
Cada municipio tiene un significado personal para él y, además, las distancias encajaban dentro del planteamiento deportivo. El proyecto surge tras participar en un congreso en el que presentó su iniciativa asociativa y planteó la posibilidad de colaborar con la Sociedad Española de Reumatología Pediátrica (SERPE) para dar visibilidad a las enfermedades reumáticas infantiles.
«El objetivo es ayudar a esos niños que también sufren estas patologías», explica. El reto no solo busca concienciar, sino también recaudar fondos para una beca de investigación destinada a pacientes pediátricos.
La exigencia física no es lo que más le inquieta. «Mentalmente es la parte que menos me preocupa. La cabeza la trabajo cada día», afirma. Lo que verdaderamente teme es el sobreesfuerzo: una posible recaída, un brote de la enfermedad o una lesión que le impida continuar. Para minimizar riesgos, lleva meses entrenando de forma específica, cuidando la alimentación y utilizando herramientas de recuperación como botas de presoterapia y trabajo de descarga muscular.
La ruta arrancará el 22 de marzo
El pistoletazo de salida será el 22 de marzo desde la plaza de la Concepción, en San Cristóbal de La Laguna. Antes de comenzar, dará una vuelta simbólica junto a la escuela del club Tenerife CajaCanarias, al que pertenece. Desde allí pondrá rumbo a Candelaria. Las etapas continuarán hacia Arico, Granadilla (con llegada a la plaza de El Médano), Adeje, Santiago del Teide, Los Realejos y, finalmente, regreso a La Laguna el día 28.

En cada municipio se instalará un punto informativo para explicar el proyecto y sensibilizar a la población. La llegada final tendrá un carácter especialmente emotivo. La idea es que niños del Hospital Universitario, pacientes de reumatología pediátrica, lo acompañen desde la catedral hasta la iglesia de la Concepción. «Aquí los protagonistas son ellos; no soy yo», subraya.
Además, se organizarán actividades paralelas para fomentar hábitos saludables, con la colaboración de comercios locales y centros deportivos. Habrá fruta a través de Frutería Nito y clases dirigidas, como zumba o aeróbic, con el objetivo de convertir la llegada en una jornada participativa y solidaria.
En cuanto al acompañamiento durante las etapas, la logística obliga a ser prudentes, ya que gran parte del recorrido transcurre por carreteras secundarias. Aunque ha solicitado los permisos pertinentes al Cabildo de Tenerife y a los ayuntamientos implicados, la participación estará limitada en determinados tramos. Aun así, invita a clubes y corredores a sumarse en las entradas y salidas de los municipios. «Cualquier persona que quiera acompañarme será bienvenida», asegura.
Cuando echa la vista atrás, Alonso reconoce que las enfermedades le han cambiado por completo. «No tengo nada que ver con el Airam de hace cinco años, ni siquiera con el de hace dos», afirma. El linfoma supuso un punto de inflexión definitivo. A pesar del dolor crónico, la fatiga y las limitaciones, considera que el proceso le ha dejado aprendizajes valiosos.
«Me ha enseñado a quererme, a cuidarme más y a ser mejor persona», reflexiona. No se alegra de lo que ha vivido —»es muy difícil convivir así», admite—, pero sí encuentra consuelo en la forma en que ha decidido afrontarlo. Cree que la actitud, el acompañamiento profesional y el compromiso con hábitos saludables han sido determinantes en su evolución.
Con 232 kilómetros por delante, Airam Alonso no solo se prepara para un desafío físico. Se prepara, sobre todo, para seguir demostrando que el deporte puede convertirse en una herramienta de transformación personal y colectiva, y que incluso desde la adversidad es posible construir proyectos que mejoren la vida de otros.
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